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La renta garantizada como proceso constituyente

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Caosmosis

La renta garantizada como proceso constituyente
Autor Real: 
Antonella Corsani,Maurizio Lazzarato

Multitudes 10 : octubre 2002

Diez años de políticas de empleo han puesto en evidencia dos desconexiones fundamentales: el empleo ya no es garantía de una renta satisfactoria y el crecimiento ya no es generador de puestos de trabajo. Proponiendo un desplazamiento (necesario) del ángulo de aproximación de las dinámicas de la globalización liberal, de la relación capital-trabajo al antagonismo capital-vida, el artículo sostiene la reivindicación de una renta garantizada: la renta garantizada como proceso que constituye, es decir, para abrir una fase constituyente al nivel de las instituciones económicas y sociales.

La política económica y social de la izquierda siempre se ha pensado y organizado alrededor de la relación capital-trabajo. ¿Es posible aprehender hoy el sentido de la globalización liberal de una parte, y de otra la multiplicidad de los movimientos sociales, los nuevos sujetos políticos, las formas de resistencia y la misma actividad, a través del prisma del antagonismo capital-trabajo?

Para tratar de pensar en un proyecto político a la altura de las transformaciones capitalistas corrientes, proponemos partir de la relación capital-vida y de considerar el trabajo como una parte de la vida.

De la relación capital-trabajo a la relación capital-vida

Hasta las reflexiones sindicales se desplazan, todavía muy tímidamente, sobre este terreno de la vida. La CGT, por ejemplo, en su discusión sobre el nuevo estatuto del asalariado se ha visto obligada a hacerlo: “se trata de hecho de pasar de una visión reparadora de la indemnización del paro y del derecho sobre los despidos a un derecho del individuo a lo largo de su vida que lo libera de su dependencia al devenir y a la gestión de tal o cual empresa”. La vida es ciertamente, siempre y hoy la vida del asalariado, pero hasta este menor desplazamiento -del asalariado a la vida del asalariado nos parece significativo.

De ese modo, desconectamos implícitamente los derechos del individuo del trabajo en la empresa, reconocemos que su tiempo de vida sobresale sobre su tiempo de trabajo y que el primero es la fuente de los nuevos derechos.

En otra parte de este documento, la CGT reivindica políticas de welfare que no sean más indexadas exclusivamente sobre el trabajo. Hablamos en efecto de la Seguridad Social como de la institución que debe garantizar los derechos desde “el nacimiento a la muerte”. Dirección que se impone a los gobiernos (CMU): la fuente de los derechos sociales es la vida de los individuos.

¿ Por qué estos desplazamientos?

Porque estamos confrontados con una acumulación capitalista que ya no se funda solamente sobre la explotación del trabajo en el sentido industrial del término, sino sobre la explotación del conocimiento, de lo viviente, de la salud, del tiempo libre, de la cultura, los recursos relacionales entre individuos (comunicación, socialización, sexo), del imaginario, de la formación, del hábitat etc. Lo que se produce y se vende, no son ni siquiera bienes materiales o inmateriales, sino formas de vida, formas de comunicación, estándar de socialización, educativos, de percepción, de vivienda, de transporte, etc. La explosión de los servicios está directamente vinculada a esta evolución, y ya no se trata exclusivamente de unos servicios industriales, sino dispositivos que organizan y controlan “formas de vida”. Para la acumulación del capital, las diferencias étnicas, religiosas y culturales se hacen mercancías con el mismo título que la reproducción biológica de la vida. La vida y sus diferencias se hacen unos factores de valorización para un capital siempre más nómada.

La globalización que estamos viviendo no es ni siquiera extensiva (deslocalización, etc.), sino tan intensiva, y concierne tanto a los recursos cognoscitivos, culturales, afectivos y comunicativos (la vida de los individuos) como los territorios, los patrimonios genéticos (humanos, vegetales y animales), los recursos de la vida de las especies y del planeta (el agua, el aire, etc.). Esta “puesta al trabajo” de la vida por un capital cada vez más globalizado, deviene posible por las lógicas neoliberales, es generadora de inseguridad. Inseguridad y riesgos de la vida en su globalidad, y no más del trabajo como en el fordismo: de la pobreza a la vaca loca, de la exclusión al Sida, del problema de la vivienda a la ” identidad sexual “, son los fundamentos de la vida misma que son removidos.

¿Cómo pensar “la resistencia” y política ofensiva?

Debemos resistir a las políticas neoliberales, pero a partir de la afirmación, en positivo, de la potencia de esta “vida”. Es decir, debemos pensar más allá del trabajo y más allá de sus formas clásicas de explotación, lo que no significa negar la explotación, sino comprenderla en este contexto más amplio.

¿Por qué recordar estas cosas que nos parecen evidentes? Porque los reflejos de la izquierda después de la derrota del 21 de abril fueron solucionar lo más urgente. Demanda el aumento del SMIC y los mínimos sociales. Medidas ciertamente necesarias necesarias, pero que si son pensadas fuera de estas nuevas formas de acumulación y de vida, corren peligro de reducirse a medidas clásicas de gestión (liberales o neokeynesianas) y de regulación de los “pobres” con o sin trabajo.

¿Enfrentarse a una nueva configuración del capitalismo con una concepción heredada del capitalismo industrial?

El trabajo propiamente industrial fue una de las formas de la actividad “productiva”. Lo que no quiere decir que haya desaparecido -persiste en Occidente y aumenta en otros lugares: la Organización Internacional del trabajo (OIT) recuerda que “246 millones de niños de edad de 5 a 17 años” trabajaban en el planeta. Pero no podrá expresar su fuerza de movilización y de crítica, que es importante, sino en una estrategia capaz de organizarse con otros componentes del salariado (y del no salariado), con fuerzas sociales, que no tienen los mismos problemas ni los mismos “intereses”.
El trabajo industrial ya no es el centro de la valorización capitalista, ni un modelo de subjetivación político y social válido para el conjunto de las fuerzas sociales, ni la fuerza exclusiva capaz de producir instituciones y politización en las sociedades post-fordistas.

El salariat permanece como la forma dominante por la cual el capitalismo explota la cooperación y la invención de los individuos, pero ha irrumpido en una multiplicidad de actividades y de status que se expresan a través de subjetividades y expectativas que no pueden ser reconducidas al concepto tradicional de “clase”. De los “intellos précaires” -resultado de la escolarización en masa, de la huida del trabajo asalariado- a la cajera de supermercado que trabaja a tiempo parcial, el espectro de las actividades no deja de ensancharse.

La entrada masiva de las mujeres en el mercado del trabajo no plantea únicamente el problema del status y del salario (que es inferior al de los hombres), sino también la relación contradictoria y conflictiva entre “el tiempo de trabajo” y “el tiempo de vida”. También el trabajo de los inmigrantes cuyo número, a pesar del histerismo identitario y xenófobo, no hará sino aumentar -la Comisión Europea habla de la necesidad de 50 millones de inmigrantes en la comunidad europea en los años próximos años- plantea problemas que no pueden ser resueltos exclusivamente con las recetas clásicas del movimiento obrero.

Estas figuras, múltiples e irreductibles a las del trabajo industrial y a sus formas de organización, no pueden ser representadas por un sujeto único -la clase obrera - capaz de totalizar los comportamientos.

De la gestión del paro y del control de los gastos sociales al control de la vida

Las políticas económicas de la izquierda tienen siempre como eje el “salario” y el “empleo”, la “renta” dependiente de la “solidaridad” –cuyo derecho se expresa en lo social: el trabajo es productivo, el producto de la nueva riqueza, la renta es un gasto improductivo, una consumición de una riqueza producida en otro lugar. Lionel Jospin lo resume muy bien para no aceptar su oposición al movimiento de los parados: “La sociedad francesa es una sociedad fundada sobre el trabajo y no sobre la asistencia”. El gobierno socialista (y la izquierda plural) ha hecho así del pleno empleo y del crecimiento sus objetivo fundamentales, pensados desde una lógica “igual en todas partes”: haciendo abstracción de la transformación radical y paradigmática de la naturaleza de la producción y de la fuerza de trabajo, del mercado de trabajo y de los modos de valorización del capital.

La lógica subyacente a la puesta en escena de los diferentes dispositivos de lucha contra el paro y por un nuevo crecimiento es pues la de la “activación” de los gastos pasivos, contra la lógica de la asistencia. Desde esta perspectiva, la extensión del salariat, por las políticas activas del empleo, fue considerada como la condición necesaria y suficiente para salir de la sociedad de la asistencia y refundar una sociedad del trabajo.

Pero dentro de una economía globalizada, y sometida al chantaje de un capital cada vez más nómada, la lucha por el empleo y el crecimiento, debía entonces pasar por la flexibilización del mercado del trabajo y por la reducción del coste salarial. ¡Por qué se acepta todavía una visión que hace de la empresa el único lugar de producción de riqueza!

Las políticas para el empleo: desconexión trabajo-renta

Las políticas para el empleo (empleos jóvenes, empleos ayudados, ayudas al desarrollo del tiempo parcial y al trabajo interino) efectivamente permitieron un salarización en masa pero al precio de un precarización creciente de los empleos. Esto no impidió, al mismo tiempo, una progresión del paro y de la pobreza.

El empleo, en una economía dominada por la incertidumbre y la flexibilidad, no garantiza gran cosa en sí. El paro, como en EEUU, desaparece solamente de las estadísticas, pero se integra en la “producción flexible “, en el working poors, el trabajo precario, a tiempo parcial, etc. Más que de un nuevo salariat, habría que hablar más propiamente de un précariat como el verdadero producto de estas políticas. Paralelamente, y conjuntamente, estas políticas contribuyeron a la aparición de una desconexión fundamental (en negativo) entre trabajo y renta: ¿la emergencia del fenómeno de los trabajadores pobres no es justamente la expresión más fuerte del hecho de que un empleo asalariado no garantiza gran cosa? ¿Y ciertamente ninguna renta suficiente para vivir?

La ley Aubry II: desconexión crecimiento-empleo

La ley Aubry II sobre la reducción del tiempo de trabajo se inscribe en esta lógica: hacer frente al paro mediante una nueva distribución del trabajo más que por una nueva distribución de las rentas (lo que dependería de la asistencia). Va a actuar sobre un mercado del trabajo que ya no tiene nada del período fordista: irrumpe en un conjunto extremadamente diferenciado por figuras nacidas de la crisis del fordismo y de las políticas de empleo, este mercado de trabajo ya no funciona sobre los dualismos clásicos dentro-fuera, asalariado-no asalariado, activo-inactivo: su única norma es la intermitencia, la movilidad sufrida, el estado precario.

Si el coste de la operación es muy elevado, el impacto en términos de creación de puestos de trabajo está muy por debajo de las previsiones porque además de las características del mercado de trabajo, el crecimiento no tiene nada de regular: no sólo por las inestabilidades radicales de la globalización financiera, sino también porque la producción está sometida a niveles elevados de incertidumbre que no pueden ser restituidos a la antigua concepción de los riesgos de mercado. El crecimiento, cuando se da, está dominado por la incertidumbre ya que no es el de la producción standardizada (y por tanto previsible, como en el fordismo), sino que es abierta y conectada en directo sobre los mercados y los clientes. No puede ser definida ya como industrial, ya que explota los recursos intelectuales, comunicacionales, afectivos, de la humanidad y los recursos naturales del planeta. La “producción industrial” se reduce a ser una parte de la actividad general…. Las incertidumbres del mercado y de la producción son trasladadas como riesgos sobre los trabajadores, que deben asumirlas como estado precario, flexibilidad y moderación salarial. Hasta en fase de crecimiento, hasta en situación de subida de los beneficios, los riesgos de despidos masivos no desaparecen.

A la desconexión (en negativo) trabajo-garantía de renta vemos añadirse esta segunda desconexión: beneficio/inversiones/mantenimiento-creación de empleos. La relación capital-trabajo se encuentra también rota de otra manera: la acumulación favorable de capital ya no genera necesariamente el crecimiento económico ni crea nuevos empleos. En cambio, los nuevos yacimientos de riqueza se crean aparte del capital y el trabajo asalariado: la economía solidaria, las actividades de proximidad, las actividades asociativas…, pero también las actividades de las comunidades que se crean en la red, etc… No es necesario ir muy lejos para ver cómo la cooperación y la producción de riqueza ya no pasan necesariamente por la empresa y por el salariat.

¿Pero podemos decir que la ley Aubry II no ha aportado nada? Ha aportado precisamente del lado de la relación vida-capital. Para verlo hay que abordarlo desde el punto de vista de la organización del tiempo de trabajo: intensificación del tiempo y de la carga de trabajo; flexibilidad dentro de la empresa; los tiempos y los ritmos de la vida, sobre todo, plegados a los de la empresa. Más fundamentalmente, las ambigüedades de la ley Aubry II no pueden ser mejor comprendidas sino en su definición muy vaga del tiempo de trabajo: el reconocimiento implícito de la imposibilidad en lo sucesivo de separar el tiempo de vida y el tiempo de trabajo. Los tiempos confiados al poder de control de la empresa ya no exclusivamente sobre el trabajo sino directamente sobre la vida. No siendo ya el lugar de la organización de la producción de riqueza, la empresa se hace la institución de gestión de la vida de los individuos a partir de y desde el punto de vista de la lógica del beneficio.

¿Esto quiere decir afirmar que ya no hay separación nítida y tajante entre la vida y el trabajo? Esto quiere decir que los tiempos de trabajo, como trabajo asalariado, son unos momentos dentro de una vida que se vuelve productiva en todos sus tiempos (y no solamente los transcurridos en la empresa); que el trabajo demanda un compromiso subjetivo que presupone la inversión de la persona en sus capacidades inventivas y relacionales etc.; pero así como la separación entre producción y reproducción, propia del período industrial y fordista, ya no funciona, particularmente las actividades propias de reproducción (biológica y social) son captadas en los nuevos mercados de los “órganos sin cuerpo”, en los mercados de la reproducción biológica, de la cultura, de la salud, de la formación, de la vida afectiva … Hay que subrayar aquí que los efectos negativos de esta nueva naturaleza de la producción capitalista tocan todos las capas de los “asalariados y no asalariados”, pero igualmente al conjunto de la población (degradación del equilibrio del planeta, los nuevos derechos de propiedad intelectual que expropian el saber y dan un poder de vida y de muerte a las grandes empresas químicas y farmacéuticas). La pobreza (relativa) y el paro frecuentan todo el mundo del trabajo. El miedo y la inseguridad son primero el miedo y la inseguridad del día siguiente: de la renta, del trabajo, de las jubilaciones, de la vida misma.

Para resumir, la lógica del capital global produce dos desconexiones fundamentales: 1. Tener un empleo ya no garantiza la continuidad de una renta ni una renta satisfactoria para sobrevivir; 2. El crecimiento de la producción y de los beneficios ya no garantiza la creación de puestos de trabajo. Al mismo tiempo, contiene una influencia directa del capital sobre la vida.

Desde esta perspectiva el pasaje del welfare al workfare, para subordinar lo social a lo económico (versión Medef), o para restablecer el buena orden entre producción y nueva distribución (versión Jospin), debe ser subvertido radicalmente: evidentemente la cuestión no es tanto la del costo de los gastos sociales como la de su composición. Porque es su composición que expresa el proyecto de sociedad que se da.

La reivindicación de una renta garantizada, universal e incondicional

Un nuevo proyecto político debería volver del revés la afirmación que los socialistas realizaron a partir de los años 80: la “producción” encuentra sus fuentes en la empresa. Pero también la verdad de la izquierda, que no es otra cosa que el reflejo especular de la primera: sólo el trabajo asalariado es creador de riqueza.

Tratamos de demostrar que la producción de la riqueza excede ampliamente la empresa. La valorización capitalista no se funda exclusivamente sobre la explotación del trabajo asalariado, sino también sobre la de la vida, sobre la explotación de lo que la humanidad produce en común (los recursos intelectuales, comunicacionales, científicos, la fuerza-invención, lo mismo que los recursos naturales, los genéticos, el territorio etc…)

En efecto, la apropiación por el capital de la riqueza socialmente creada pasa hoy por nuevos dispositivos de poder que ya no coinciden directamente con la empresa y sus modos clásicos de puesta al trabajo, sino que la integra en sus estrategias de explotación, que es primero explotación de bienes comunes y colectivos:

Las finanzas globales, que no son un instrumento de especulación, sino de apropiación de la valorización de la cooperación social.

Las nuevas leyes de la propiedad, que no solo aseguran la apropiación del trabajo asalariado por la propiedad de medios de producción, sino la apropiación de la cooperación que excede la empresa (derecho de autor, derechos reservados, patentes sobre la viviente, etc…)

Debemos pensar en estrategias que, de una parte, bloqueen esta apropiación de los bienes colectivos y comunes por las finanzas y las nuevas leyes sobre la propiedad y, por otra parte, nos garanticen contra la doble desconexión que definimos más arriba.
En términos positivos, debemos organizar formas de lucha e instituciones que reconozcan la nueva naturaleza de la cooperación social, la nueva naturaleza de la producción de los bienes colectivos y comunes y los sujetos de esta producción. Reconocer, en el capitalismo significa, pagar. Pensamos que uno de los instrumentos privilegiados para organizar esta doble tarea es el de la renta garantizada, universal e incondicional.

La renta garantizada como proceso constituyente, es decir, para abrir una fase constituyente a nivel económico y social.

La renta garantizada no debe inscribirse sobre todo en una lógica de nueva distribución sino en una lógica subversiva de adelantamiento radical de un reparto de la riqueza fundada sobre el capital y el trabajo.

La renta garantizada como instrumento para subvertir la relación entre trabajo y sociedad, entre cooperación social y distribución del trabajo smithiana. En otros términos una renta como un instrumento de autovalorización de la cooperación: la cooperación como la libertad de actuar juntos, como potencia creadora de la diferencia, de la multiplicidad.

Una renta garantizada que no exija previamente sus cálculos presupuestarios de factibilidad; no se trata, una vez más, de un dispositivo de gestión socialdemócrata de la miseria sino del instrumento fundamental para debilitar la coacción salarial: una protección verdadera y social contra el chantaje de la exclusión, un freno a la rebaja del coste del trabajo pero también al desarrollo de formas de trabajo de mierda.

Una renta garantizada en sus formas monetarias pero tambien ‘en especie’: “acceso libre” a la salud, a la formación, a la información, al agua, a la energía, a los transportes, a la vivienda.

La reivindicación de una renta de existencia, de una renta social, ha atravesado varios movimientos en Europa, desde los movimientos de los parados a los movimientos de los precarios, pero también a los movimientos de las mujeres. Es también central en las estrategias de lucha de organizaciones como Act Up, y de ciertas asociaciones ecologistas. Pero esta reivindicación toma cada vez más formas y articulaciones diferentes: ¿es posible hoy buscar un terreno de convergencia en la perspectiva de Europa de los movimientos? ¿convergencia también de las luchas de los trabajadores emigrantes, los sin papeles, con las de los trabajadores, de los precarios?

La renta garantizada puede ser el terreno fundamental sobre el cual recomponer, construir una subjetividad colectiva para ir más allá de la sociedad del trabajo.
Pensamos que después del 68 se ha abierto una nueva fase política comparable a la salida de la esclavitud: la posibilidad de fundar la producción y la reproducción de la humanidad sobre otra cosa que no sea el trabajo asalariado. Permanecemos fieles a los desafíos políticos lanzados en el nacimiento del movimiento obrero: la abolición del salariado.

Necesitamos un proyecto realista, es decir, un proyecto revolucionario.

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